En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Estén
listos, con la túnica puesta y las lámparas encendidas. Sean semejantes a los
criados que están esperando a que su señor regrese de la boda, para abrirle en
cuanto llegue y toque. Dichosos aquellos a quienes su señor, al llegar,
encuentre en vela. Yo les aseguro que se recogerá la túnica, los hará sentar a
la mesa y él mismo les servirá. Y si llega a medianoche o a la madrugada y los
encuentra en vela, dichosos ellos".
Reflexión
El pasaje del Evangelio de hoy nos presenta una imagen
sumamente sugerente y exigente a la vez: estar listos, con la túnica ceñida y
las lámparas encendidas, esperando el regreso del señor. En los tiempos
bíblicos, ceñirse la túnica significaba recoger las vestiduras largas para
poder moverse con agilidad, sin tropezar, listos para la acción o el servicio
inmediato. Por su parte, mantener la lámpara encendida implicaba un esfuerzo
constante de vigilancia, previsión y cuidado para que el fuego no se apagara en
medio de la oscuridad de la noche. Esta
escena no busca infundirnos miedo ante una llegada impredecible, sino
transformarnos desde el amor y la esperanza. Jesús nos invita a vivir en un
estado de "alerta espiritual". Muchas veces, el peligro de la vida
cotidiana es caer en la tibieza, en la rutina o en la falsa ilusión de que
siempre habrá tiempo mañana para corregir el rumbo, perdonar, amar o buscar a
Dios. El texto nos regala una promesa
extraordinaria y paradójica: aquellos servidores que sean encontrados en vela
experimentarán la cercanía y la ternura de su Señor, quien se pondrá a
servirles en la mesa. Dios no busca capataces rígidos, sino corazones
despiertos capaces de reconocer su presencia en los pequeños detalles del
presente, en el deber cotidiano y en el servicio al prójimo.

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