martes, 11 de agosto de 2026

Evangelio del 12 de agosto 2026 Mateo 18, 15-20

 



En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano. Si no te hace caso, hazte acompañar de una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos. Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano.

Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo.

Yo les aseguro también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos".

 

Reflexión

 

Este pasaje nos invita a vivir la corrección fraterna no desde el juicio o la condena, sino desde el amor y la búsqueda sincera de la reconciliación. Jesús nos enseña que el cuidado del hermano es una responsabilidad comunitaria que siempre debe empezar por el respeto y el diálogo directo, priorizando la misericordia y la unidad por encima de los errores.

lunes, 10 de agosto de 2026

Evangelio del 11 de agosto 2026 Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

 



En cierta ocasión, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: "¿Quién es el más grande en el Reino de los cielos?"

Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y les dijo: "Yo les aseguro a ustedes que si no cambian y no se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los cielos. Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, me recibe a mí.

Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, pues yo les digo que sus ángeles, en el cielo, ven continuamente el rostro de mi Padre, que está en el cielo.

¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿acaso no deja las noventa y nueve en los montes, y se va a buscar a la que se le perdió? Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella, que por las noventa y nueve que no se le perdieron. De igual modo, el Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños".

 

Reflexión

 

El Evangelio nos recuerda que, para Jesús, la verdadera grandeza no está en el poder, el prestigio o el reconocimiento, sino en la humildad, la sencillez y la capacidad de confiar. Hacerse como un niño significa reconocer nuestra fragilidad y abrirnos con confianza al amor de Dios.

La parábola de la oveja perdida revela, además, un Dios que no se resigna a perder a ninguno de sus hijos. Cada persona tiene un valor único y merece ser buscada, acogida y acompañada. Por eso, la comunidad cristiana está llamada a cuidar especialmente de los pequeños, de los vulnerables y de quienes se han alejado.

En un mundo donde muchas veces se valora más sobresalir que servir, Jesús nos invita a cambiar de criterio: la grandeza verdadera consiste en hacerse pequeño para amar, cuidar y levantar a los demás.

domingo, 9 de agosto de 2026

Evangelio del 10 de agosto 2026 Juan 12, 24-26

 



En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Yo les aseguro que si el grano de trigo sembrado en la tierra no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna.

El que quiera servirme que me siga, para que donde yo esté, también esté mi servidor. El que me sirve será honrado por mi Padre".

Reflexión

El texto nos invita a contemplar una profunda paradoja espiritual: la verdadera vida y la fecundidad solo nacen a través de la entrega.

La transformación del grano: Así como una semilla necesita perder su forma individual y "morir" bajo la tierra para dar origen a una espiga llena de frutos, nuestra vida humana y espiritual requiere de la renuncia al egoísmo para alcanzar su plenitud.

El sentido del servicio: Jesús nos enseña que el amor propio desmedido nos aisla y empobrece, mientras que el desprendimiento y la entrega a los demás —siguiendo sus pasos— abren el camino hacia la vida eterna y la verdadera dignidad.

"El que quiera servirme que me siga... El que me sirve será honrado por mi Padre."

viernes, 7 de agosto de 2026

Evangelio del 8 de agosto 2026 Mateo 17, 14-20

 



En aquel tiempo, al llegar Jesús a donde estaba la multitud, se le acercó un hombre, que se puso de rodillas y le dijo: "Señor, ten compasión de mi hijo. Le dan ataques terribles. Unas veces se cae en la lumbre y otras muchas, en el agua. Se lo traje a tus discípulos, pero no han podido curarlo".

Entonces Jesús exclamó: "¿Hasta cuándo estaré con esta gente incrédula y perversa? ¿Hasta cuándo tendré que aguantarla? Tráiganme aquí al muchacho". Jesús ordenó al demonio que saliera del muchacho, y desde ese momento éste quedó sano.

Después, al quedarse solos con Jesús, los discípulos le preguntaron: "¿Por qué nosotros no pudimos echar fuera a ese demonio?" Les respondió Jesús: "Porque les falta fe. Pues yo les aseguro que si ustedes tuvieran fe, al menos del tamaño de una semilla de mostaza, podrían decirle a ese monte: «Trasládate de aquí para allá», y el monte se trasladaría. Entonces nada sería imposible para ustedes".

 

Reflexión

 

Esta lectura nos ofrece una perspectiva muy valiosa sobre la paciencia, tanto en el ámbito comunitario como en el personal:

La comprensión ante el proceso de aprendizaje: La exclamación de Jesús ante la multitud y sus discípulos muestra el desgaste de quien enseña frente a la lentitud del ser humano para asimilar la confianza plena, recordándonos que el crecimiento interior es un camino largo y lleno de tropiezos.

El examen de nuestras propias limitaciones: Cuando los discípulos preguntan por qué no pudieron lograrlo, revelan una actitud honesta de autocrítica que nos invita a revisar nuestras propias fallas en lugar de culpar únicamente a las circunstancias externas.

El poder transformador de lo pequeño: Al hablar de la semilla de mostaza, la enseñanza trasciende lo religioso para convertirse en una metáfora universal: los grandes cambios en la vida no nacen de actos titánicos repentinos, sino de convicciones diminutas pero perseverantes que logran mover los "montes" de nuestros miedos y parálisis cotidianas.

 

Dios no cabe en nuestros esquemas

 


Ninguna tradición religiosa, concepto o esquema humano puede agotar la realidad de lo Infinito, por lo que reducir a Dios a marcos rígidos conduce al exclusivismo.



Las diversas tradiciones religiosas han intentado expresar el misterio de Dios desde sus propias categorías. Esto ha dado lugar a visiones múltiples, a veces incluso opuestas. Sin embargo, el Evangelio invita a reconocer que Dios no puede reducirse a un solo esquema. Su acción se manifiesta en la historia de formas diversas. Para quienes seguimos a Jesús, el Señor, esto no significa renunciar a nuestra fe, puesta en Dios verdadero, sino comprenderla, también, en clave de apertura. Dios sigue saliendo al encuentro de todos, incluso por caminos que no siempre alcanzamos a comprender.

El Padre y el Hijo: centro de nuestra fe

 


San Cirilo de Jerusalén enseña que creer en un solo Dios no es suficiente para la fe cristiana: es necesario reconocerlo como Padre de Jesucristo, su Hijo único. La verdadera fe une la confesión del Dios único con la relación entre el Padre y el Hijo.

Nos invita a mantenernos firmes en la fe verdadera, rechazando los errores que la contradicen. Afirma que no se puede llegar al Padre rechazando al Hijo, porque Jesucristo es la puerta y el camino que conducen a Dios. Por ello, conocer y aceptar a Cristo como Hijo de Dios es esencial para vivir plenamente la fe y alcanzar la salvación.


Cfr. San Cirilo de Jerusalén. Catequesis 7, 1-2

Cuando la fe vence el rechazo

 



Cuando la mujer cananea se acercó a Jesús le dijo: "Señor, hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio".

... Ella le dijo: "¡Señor, ayúdame!" Él le respondió: "No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos". Pero ella replicó: "Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos".

La mujer cananea no se deja vencer por el rechazo ni por el silencio de Jesús. Aunque parece que su petición ha sido negada, persevera con humildad, confianza y una fe cada vez más firme. En lugar de alejarse, se acerca, adora a Jesús y vuelve a suplicar: «Señor, ayúdame». San Juan Crisóstomo destaca así que la verdadera fe no abandona ante las dificultades, sino que persevera con mayor fuerza, confiando en la misericordia de Dios.


Cfr: 

Mt 15, 21-28

San Juan Crisóstomo [c. 345• 407]. Homilía 52, 2