viernes, 13 de febrero de 2026

¿QUÉ NOS MUESTRA DIOS DE SÍ CUANDO NOS ENVÍA A SU HIJO?

 


En Jesucristo Dios nos muestra toda la profundidad de su amor misericordioso.

Por medio de Jesucristo el Dios invisible se hace visible. Se hace hombre como nosotros. Esto nos enseña hasta dónde alcanza el amor de Dios. Lleva toda nuestra carga. Anda todos los caminos con nosotros. Está en nuestro abandono, nuestro dolor, nuestro miedo ante la muerte. Está allí donde no podemos avanzar más, para abrirnos la puerta hacia la Vida.

Evangelio del 14 de febrero 2026 Marcos 8, 1-10



En aquellos días, vio Jesús que lo seguía mucha gente y no tenían qué comer. Entonces llamó a sus discípulos y les dijo: "Me da lástima esta gente: ya llevan tres días conmigo y no tienen qué comer. Si los mando a sus casas en ayunas, se van a desmayar en el camino. Además, algunos han venido de lejos".

Sus discípulos le respondieron: "¿Y dónde se puede conseguir pan, aquí en despoblado, para que coma esta gente?" Él les preguntó: "¿Cuántos panes tienen?". Ellos le contestaron: "Siete".

Jesús mandó a la gente que se sentara en el suelo; tomó los siete panes, pronunció la acción de gracias, los partió y se los fue dando a sus discípulos, para que los distribuyeran. Y ellos los fueron distribuyendo entre la gente.

Tenían, además, unos cuantos pescados. Jesús los bendijo también y mandó que los distribuyeran. La gente comió hasta quedar satisfecha, y todavía se recogieron siete canastos de sobras. Eran unos cuatro mil. Jesús los despidió y luego se embarcó con sus discípulos y llegó a la región de Dalmanuta.

 

Reflexión

 

Este pasaje nos recuerda que Dios no es lejano ni ajeno a nuestras carencias. La compasión de Jesús nace del corazón y se transforma en gesto concreto. Con siete panes y unos pocos peces —algo que parecía insuficiente— realiza un milagro que sacia a miles y todavía sobra.

La enseñanza es profunda: cuando ponemos en manos de Dios lo poco que tenemos, Él lo multiplica. A veces sentimos que nuestras fuerzas, recursos o talentos son escasos, pero en el amor y la confianza se vuelven abundancia.

Este evangelio nos anima a confiar, a ser generosos y a recordar que la verdadera abundancia nace de la compasión y del compartir.


¿Cómo se revela Dios en el Antiguo Testamento?



En el ANTIGUO TESTAMENTO Dios se revela como el Dios que ha hecho el mundo por amor y que es fiel al hombre incluso cuando éste se separa de él por el pecado.

 

Dios se da a conocer en la historia:

Sella con Noé una Alianza para salvar a todos los seres vivos.

Llama a Abraham para hacer de él «padre de muchedumbre de pueblos» (Gén 17,5b) y bendecir en él a «todas las familias de la tierra» (Gén 12,3b).

El pueblo de Israel, nacido de Abraham, será su propiedad personal.

Dios se da a conocer a Moisés por su nombre. Su nombre misterioso [YAHVÉ] significa «Yo soy» (Éx 3,14).

Libera a Israel de la esclavitud en Egipto, sella una alianza en el Sinaí y por medio de Moisés da a su pueblo la ley.

Una y otra vez envía Dios profetas a su pueblo, para llamarlo a la conversión y a la renovación de la Alianza.

Los profetas anuncian que Dios establecerá una Alianza nueva y eterna, que realizará una renovación radical y la redención definitiva.

Esta Alianza estará abierta a todos los hombres.


Evangelio del 13 de febrero 2026 Marcos 7, 31-37


 


En aquel tiempo, salió Jesús de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la región de Decápolis. Le llevaron entonces a un hombre sordo y tartamudo, y le suplicaban que le impusiera las manos. Él lo apartó a un lado de la gente, le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua con saliva. Después, mirando al cielo, suspiró y le dijo: "¡Effetá!" (que quiere decir "¡Ábrete!"). Al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y empezó a hablar sin dificultad.

Él les mandó que no le dijeran a nadie; pero cuanto más se lo mandaba, ellos con más insistencia lo proclamaban; y todos estaban asombrados y decían: "¡Qué bien lo hace todo! Hace oír a los sordos y hablar a los mudos".

 

Reflexión

 

Jesús no busca el espectáculo. Al llevar al hombre aparte, establece una relación personal y directa. Esto nos recuerda que, para sanar nuestras "sorderas" interiores (el egoísmo, la indiferencia o el miedo), a menudo necesitamos buscar momentos de silencio y retiro, lejos del ruido cotidiano, para escuchar la voz de Dios.

Los oídos: Representan nuestra capacidad de acoger la palabra de los demás y de Dios.

La lengua: Representa nuestra capacidad de anunciar la verdad y expresar amor.

Jesús nos invita a romper las barreras que nos mantienen aislados, recordándonos que el ser humano está diseñado para el encuentro y el diálogo.

 

Reflexión final: ¿Qué es aquello que hoy me impide escuchar con claridad o hablar con bondad? Quizás hoy necesitemos pedirle a Jesús que toque nuestros sentidos para volver a conectar con quienes nos rodean.

 

 

miércoles, 11 de febrero de 2026

Evangelio DEL 12 DE FEBRERO 2026 Marcos 7, 24-30

 



En aquel tiempo, Jesús salió de Genesaret y se fue a la región donde se encuentra Tiro. Entró en una casa, pues no quería que nadie se enterara de que estaba ahí, pero no pudo pasar inadvertido. Una mujer, que tenía una niña poseída por un espíritu impuro, se enteró enseguida, fue a buscarlo y se postró a sus pies.

Cuando aquella mujer, una siria de Fenicia y pagana, le rogaba a Jesús que le sacara el demonio a su hija, él le respondió: "Deja que coman primero los hijos. No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos". La mujer le replicó: "Sí, Señor; pero también es cierto que los perritos, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños".

Entonces Jesús le contestó: "Anda, vete; por eso que has dicho, el demonio ha salido ya de tu hija". Al llegar a su casa, la mujer encontró a su hija recostada en la cama, y ya el demonio había salido de ella.

 

Reflexión

 

La misericordia de Dios supera toda frontera humana porque no depende de la nacionalidad, la cultura, el pasado o la condición social. Jesús se encuentra en territorio extranjero y allí realiza el milagro. Donde hay sufrimiento y fe sincera, allí se hace presente el amor divino.

La mujer no pertenece al pueblo elegido, pero muestra una confianza inquebrantable. No exige, no se ofende, no abandona; insiste con humildad y seguridad. Su fe nace del amor y del dolor, y esa combinación la hace auténtica.

Revisemos nuestra vida. Tal vez hemos pensado que estamos lejos de Dios por errores del pasado, por dudas, por heridas o por no sentirnos “suficientemente buenos”. Pero este texto nos recuerda que la distancia no es un obstáculo para Dios. A veces, precisamente en la conciencia de nuestra necesidad nace una fe más pura y profunda.

RAÍCES DE NUESTRA FE 20260215

 



Período de decadencia de los Padres de la Iglesia (siglo V-VIII). Este período lo sitúan desde la muerte de San Agustín (año 430) hasta el final de la era patrística. Es un período de lenta decadencia, causada por las invasiones bárbaras en Occidente y el despotismo de los emperadores en Oriente. No existen grandes obras y los pocos escritos adolecen de originalidad. Esto no impide que hayan aparecido en Oriente y en Occidente grandes figuras, como san Juan Damasceno y san Gregorio Magno. Evidentemente, son excepciones que no disminuyen este calificativo de todo este período. La importancia de los Padres de esta época consiste sobre todo en haber conservado los tesoros del saber teológico antiguo, actuando de esta manera como vínculo con el mundo antiguo en decadencia. Tuvo el mérito de poner las bases de la civilización medieval posterior. Ya mencionábamos que son pocas las figuras que brillan en el firmamento de la teología y, además, son cada vez menos significantes. El contexto político y religioso en el cual se encuentran los Padres de este período era muy diverso en Oriente y Occidente. En el Oriente la teología depende de la guía de los soberanos inteligentes y enérgicos, como Justiniano. Florecen los estudios filosóficos, teológicosyjum dicos. En cambio, en Occidente, durante el siglo V, las invasiones de los bárbaros son cada vez más frecuentes y desastrosas. Providencialmente, gracias a las intuiciones e iniciativas de San Benito, abad (c 480-547), en Occidente nace el monaquismo, que se convierte en la última roca sólida de la cultura latina y, por tanto, también de la teología.

 

EN COMUNIÓN CON LA TRADICIÓN VIVA DE LA IGLESIA 20260215

 



«Por esto que dice: Hasta que no pasen el cielo y la tierra, manifiesta que éstos, a pesar de su grandeza -como nosotros creemos-, habrán de desaparecer. O llama pequeños los sucesos de la pasión y muerte del Señor, la que si alguno no confiesa -considerándola vergonzosa- será pequeño -esto es, el último y casi nulo-, pero al que la confiesa se le promete la gloria de una gran vocación en el cielo. De donde sigue: El que hiciere, pues, y enseñare, se llamará grande en el Reino de los Cielos. Con tan magnífico exordio empezó a plenificar la obra de la ley antigua y a anunciar a sus Apóstoles que no les será posible la entrada en el Reino de los Cielos si no aventajan a los fariseos en justicia. Esto es lo que manifiesta cuando dice: Porque os digo, que si vuestra justicia no fuere mayor... O bien el que trata como vacío al que está lleno del Espíritu Santo, se hace reo ante el concilio de los santos, como si hubiere de pagar la ofensa hecha al Espíritu Santo, con la reprensión de jueces santos. Una vez obtenida la paz humana manda volver a la divina, para pasar de la caridad de los hombres a la de Dios, y por ello sigue: Y entonces ven a ofrecer tu ofrenda. El Señor quiere que no pasemos ningún tiempo sin acudir a él, con la intención de perdonar. Por ello nos mandó reconciliarnos con nuestro enemigo en el camino de la vida, no sea que al tiempo de la muerte nos vayamos sin terminar la paz comenzada. Por ello dice: Ponte de acuerdo con tu adversario mientras vas con éi en el camino, no sea que tu contrario te entregue al juez. O bien vuestro adversario os entregará al juez, porque vuestra ira, que permanece sobre él, es la prueba de vuestra enemistad» (San Hilario de Poitiers (c.315-368). Evangelio de san Mateo, 4).