En aquel tiempo, el rey Herodes se enteró de todos los prodigios que Jesús hacía y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado; otros, que había regresado Elías, y otros, que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.
Pero Herodes decía: "A Juan yo lo mandé decapitar. ¿Quién será, pues, éste del que oigo semejantes cosas?" Y tenía curiosidad de ver a Jesús.
Reflexión
El texto del Evangelio nos presenta al rey Herodes en un momento de profunda inquietud interior ante la figura y los prodigios de Jesús. Más allá de los rumores y las especulaciones de la gente sobre quién podría ser —si Juan el Bautista resucitado, Elías o algún profeta antiguo—, lo que verdaderamente marca la postura de Herodes es su propia conciencia.
El peso de la conciencia: Herodes recuerda claramente su
pasado y afirma con seguridad: "A Juan yo lo mandé decapitar". Los
actos graves que marcan nuestra vida no se borran fácilmente; la culpa o la
memoria de las malas acciones siempre dejan una huella profunda en el
interior.
El rey se encuentra confundido y "no sabía a qué
atenerse". Su incertidumbre refleja cómo el poder y las decisiones
egoístas nublan la capacidad de reconocer la gracia y la verdad cuando se
manifiestan cerca.
Aunque Herodes siente una gran "curiosidad de ver a
Jesús", esta inquietud nace de la duda o el morbo, no de un deseo sincero
de cambio o arrepentimiento, lo que demuestra que estar cerca de los signos de
Dios no basta si el corazón está cerrado.





