En aquel tiempo, Jesús dijo a los escribas y fariseos: "¡Ay de
ustedes, escribas y fariseos hipócritas, porque pagan el diezmo de la menta,
del anís y del comino, pero descuidan lo más importante de la ley, que son la
justicia, la misericordia y la fidelidad! Esto es lo que tenían que practicar,
sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que cuelan el mosquito, pero se tragan el
camello!¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que limpian por fuera
los vasos y los platos, mientras que por dentro siguen sucios con su rapacidad
y codicia! ¡Fariseo ciego!, limpia primero por dentro el vaso y así quedará
también limpio por fuera".
Reflexión
Este Evangelio nos invita a mirar más allá de las apariencias. Jesús no
condena que los escribas y fariseos cumplan prácticas religiosas; lo que
cuestiona es que se preocupen por los detalles externos mientras descuidan lo
esencial: la justicia, la misericordia y la fidelidad.
También nosotros podemos caer en esa contradicción: cuidar mucho las
formas religiosas, participar en celebraciones, conocer normas y tradiciones, y
al mismo tiempo permanecer indiferentes ante el sufrimiento de los demás. Una
fe que se preocupa únicamente por lo exterior corre el riesgo de convertirse en
apariencia.
Jesús utiliza la imagen de limpiar el vaso por dentro para recordarnos
que la verdadera conversión comienza en el corazón. No basta con parecer buenos
ante los demás; necesitamos revisar nuestras intenciones, actitudes, egoísmos,
ambiciones y resentimientos.
¿Estamos más preocupados por parecer buenos o por ser verdaderamente
buenos desde el corazón? Jesús nos invita a limpiar primero nuestro interior,
porque cuando el corazón se transforma, también nuestras palabras, decisiones y
acciones comienzan a reflejar el amor de Dios.






