En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, el
hermano de éste, y los hizo subir a solas con él a un monte elevado. Ahí se
transfiguró en su presencia: su rostro se puso resplandeciente como el sol y
sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve. De pronto aparecieron ante
ellos Moisés y Elías, conversando con Jesús.
Entonces Pedro le dijo a Jesús: "Señor, ¡qué bueno sería quedarnos
aquí! Si quieres, haremos aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y
otra para Elías".
Cuando aún estaba hablando, una nube luminosa los cubrió y de ella
salió una voz que decía: "Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo
puestas mis complacencias; escúchenlo". Al oír esto los discípulos cayeron
rostro en tierra, llenos de un gran temor. Jesús se acercó a ellos, los tocó y
les dijo: "Levántense y no teman". Alzando entonces los ojos, ya no
vieron a nadie más que a Jesús.
Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No le cuenten a
nadie lo que han visto, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre
los muertos".
Reflexión
El pasaje de la Transfiguración nos invita a contemplar la divinidad de
Jesús en medio de la cotidianidad de la vida y la subida al monte, que
simboliza el esfuerzo espiritual.
La revelación de la luz: En el relato, Jesús se muestra
resplandeciente, anticipando la gloria de la resurrección y fortaleciendo la fe
de sus discípulos ante los momentos difíciles que se avecinaban.
La voz del Padre: El mandato "Este es mi Hijo... escúchenlo"
sitúa a Jesús como el centro absoluto de la fe cristiana, superando a la Ley
(Moisés) y a los Profetas (Elías).
Del temor a la misión: Ante la experiencia de lo sagrado, los
discípulos sienten miedo y buscan retener el momento en la cumbre ("hacer
chozas"), pero la voz y la acción de Jesús los animan a levantarse
("no teman") y volver al camino. La verdadera experiencia de Dios no
busca evadir la realidad, sino transformarla y darnos valor para continuar la
misión.






