En aquel tiempo, Jesús salió de Genesaret y se fue a la región donde se
encuentra Tiro. Entró en una casa, pues no quería que nadie se enterara de que
estaba ahí, pero no pudo pasar inadvertido. Una mujer, que tenía una niña
poseída por un espíritu impuro, se enteró enseguida, fue a buscarlo y se postró
a sus pies.
Cuando aquella mujer, una siria de Fenicia y pagana, le rogaba a Jesús
que le sacara el demonio a su hija, él le respondió: "Deja que coman
primero los hijos. No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a
los perritos". La mujer le replicó: "Sí, Señor; pero también es
cierto que los perritos, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los
niños".
Entonces Jesús le contestó: "Anda, vete; por eso que has dicho, el
demonio ha salido ya de tu hija". Al llegar a su casa, la mujer encontró a
su hija recostada en la cama, y ya el demonio había salido de ella.
Reflexión
La misericordia de Dios supera toda frontera humana porque no depende
de la nacionalidad, la cultura, el pasado o la condición social. Jesús se
encuentra en territorio extranjero y allí realiza el milagro. Donde hay
sufrimiento y fe sincera, allí se hace presente el amor divino.
La mujer no pertenece al pueblo elegido, pero muestra una confianza
inquebrantable. No exige, no se ofende, no abandona; insiste con humildad y
seguridad. Su fe nace del amor y del dolor, y esa combinación la hace
auténtica.
Revisemos nuestra vida. Tal vez hemos pensado que estamos lejos de Dios
por errores del pasado, por dudas, por heridas o por no sentirnos
“suficientemente buenos”. Pero este texto nos recuerda que la distancia no es
un obstáculo para Dios. A veces, precisamente en la conciencia de nuestra
necesidad nace una fe más pura y profunda.