En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: "Padre,
no sólo te pido por mis discípulos, sino también por los que van a creer en mí
por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en
ti somos uno, a fin de que sean uno en nosotros y el mundo crea que tú me has
enviado.
Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como
nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que su unidad sea perfecta y
así el mundo conozca que tú me has enviado y que los amas, como me amas a mí.
Padre, quiero que donde yo esté, estén también conmigo los que me has
dado, para que contemplen mi gloria, la que me diste, porque me has amado desde
antes de la creación del mundo.
Padre justo, el mundo no te ha conocido; pero yo sí te conozco y éstos
han conocido que tú me enviaste. Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo
seguiré dando conocer, para que el amor con que me amas esté en ellos y yo
también en ellos."
Comentario
Jesús por todos los creyentes. No ora solamente por sus discípulos
cercanos, sino también por quienes creerán en él a través del tiempo. El centro
de esta oración es la unidad: que todos sean uno, así como el Padre y el Hijo
viven en perfecta comunión.
Jesús revela que el amor de Dios no es exclusivo ni lejano, sino una
fuerza que une da vida y hace visible la presencia divina en el mundo. La
verdadera unidad cristiana nace del amor, del perdón y de la comunión entre las
personas.
Este texto invita a reflexionar sobre cómo nuestras relaciones pueden
ser signo de paz y fraternidad. Cuando vivimos en el amor y la unidad,
reflejamos la gloria y el rostro de Dios en medio del mundo.





