En aquel tiempo, envió Jesús a los Doce con estas instrucciones:
"Vayan y proclamen por el camino que ya se acerca el Reino de los cielos.
Curen a los leprosos y demás enfermos; resuciten a los muertos y echen fuera a
los demonios. Gratuitamente han recibido este poder; ejérzanlo, pues,
gratuitamente.
No lleven con ustedes, en su cinturón, monedas de oro, de plata o de cobre. No lleven morral para el camino ni dos túnicas ni sandalias ni bordón, porque el trabajador tiene derecho a su sustento.
Cuando entren en una ciudad o en un pueblo, pregunten por alguien respetable y hospédense en su casa hasta que se vayan. Al entrar, saluden así: "Que haya paz en esta casa". Y si aquella casa es digna, la paz de ustedes reinará en ella; si no es digna, el saludo de paz de ustedes no les aprovechará. Y si no los reciben o no escuchan sus palabras, al salir de aquella casa o de aquella ciudad, sacudan el polvo de los pies. Yo les aseguro que el día del juicio, Sodoma y Gomorra serán tratadas con menos rigor que esa ciudad".
Reflexión
Jesús envía a sus discípulos con una misión clara: anunciar que el
Reino de Dios está cerca, aliviar el sufrimiento y llevar paz a las personas.
Lo más llamativo es que les pide hacerlo con sencillez, sin apoyarse en
riquezas ni seguridades materiales, sino confiando plenamente en Dios y en la
generosidad de quienes los reciban.
También hoy el Señor nos llama a ser testigos de su amor. Cada gesto de
servicio, de solidaridad, de reconciliación y de esperanza hace presente el
Reino de Dios. El Evangelio no se anuncia solo con palabras, sino con una vida
coherente, humilde y gratuita.
Cuando el mensaje no es acogido, Jesús no invita al resentimiento ni a
la violencia, sino a seguir adelante con serenidad. El discípulo siembra con
fidelidad y deja el fruto en las manos de Dios. Nuestra tarea es anunciar el
Evangelio con amor; la respuesta de cada persona pertenece a su libertad y a la
acción de la gracia.






