domingo, 15 de marzo de 2026

¿QUÉ QUIERE DECIR QUE DIOS ES LA VERDAD?



«Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna» (1 Jn 1,5). Su palabra es verdad (Prov 8,7; 2 Sam 7,28), y su ley es verdad (Sal 119,142). Jesús mismo garantiza la verdad de Dios, cuando declara ante Pilato: «Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37).

 

No se puede someter a Dios a un procedimiento probatorio, porque la ciencia no puede convertirlo en un objeto verificable. Sin embargo, Dios mismo se somete a un procedimiento probatorio algo especial. Sabemos que Dios es la verdad por la absoluta credibilidad de Jesús. Él es «el Camino, la Verdad y la Vida». Esto lo puede descubrir toda persona que se comprometa con él. Si Dios no fuera «verdadero», la fe y la razón no podrían entablar un diálogo recíproco. Pero ellas pueden entenderse, porque Dios es la verdad y la Verdad es divina.

 


Evangelio del 16 de marzo 2026 Juan 4, 43-54

 



En aquel tiempo, Jesús salió de Samaria y se fue a Galilea. Jesús mismo había declarado que a ningún profeta se le honra en su propia patria. Cuando llegó, los galileos lo recibieron bien, porque habían visto todo lo que él había hecho en Jerusalén durante la fiesta, pues también ellos habían estado allí.

Volvió entonces a Caná de Galilea, donde había convertido el agua en vino. Había allí un funcionario real, que tenía un hijo enfermo en Cafarnaúm. Al oír éste que Jesús había venido de Judea a Galilea, fue a verlo y le rogó que fuera a curar a su hijo, que se estaba muriendo. Jesús le dijo: «Si no ven ustedes señales y prodigios, no creen». Pero el funcionario del rey insistió: «Señor, ven antes de que mi muchachito muera». Jesús le contestó: «Vete, tu hijo ya está sano».

Aquel hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Cuando iba llegando, sus criados le salieron al encuentro para decirle que su hijo ya estaba sano. Él les preguntó a qué hora había empezado la mejoría. Le contestaron: «Ayer, a la una de la tarde, se le quitó la fiebre». El padre reconoció que a esa hora Jesús le había dicho: 'Tu hijo ya está sano', y creyó con todos los de su casa.

Esta fue la segunda señal milagrosa que hizo Jesús al volver de Judea a Galilea.

 

Comentario

 

Este pasaje narra la curación del hijo de un funcionario real. Lo más significativo es que Jesús realiza el milagro a distancia, sin ir hasta el lugar donde está el enfermo.

El centro del relato no es solo la curación, sino la fe. El funcionario confía en la palabra de Jesús cuando Él le dice: “Tu hijo ya está sano”. Sin haber visto todavía el milagro, el hombre cree y regresa a su casa. Después confirma que su hijo sanó exactamente a la hora en que Jesús lo dijo.

viernes, 13 de marzo de 2026

¿POR QUÉ REVELA DIOS SU NOMBRE?

 



 

Dios revela su nombre porque quiere que se le pueda invocar.

 

Dios no quiere mantenerse en el anonimato. No quiere ser adorado como un ser meramente sentido o intuido. Dios quiere ser conocido y ser invocado como el verdadero y el que actúa. En la zarza ardiente, Dios da a conocer su nombre a Moisés: JHWH (Éx 3,14). Dios se hace invocable para su pueblo, pero continúa siendo el Dios escondido, el misterio presente. Por respeto a Dios el pueblo de Israel no pronunciaba (ni pronuncia) el nombre de Dios y lo sustituye por el apelativo Adonai (Señor). Justamente esta palabra es la que usa el NUEVO TESTAMENTO, cuando glorifica a Jesús como verdadero Dios: «Jesús es Señor» (Rom 10,9).

Evangelio del 14 de marzo 2026 Lucas 18, 9-14

 



En aquel tiempo, Jesús dijo esta parábola sobre algunos que se tenían por buenos y despreciaban a los demás:

«Dos hombres subieron al templo para orar: uno era fariseo y el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: 'Dios mío, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos y adúlteros; tampoco soy como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todas mis ganancias'.

El publicano, en cambio, se quedó lejos y no se atrevía a levantar los ojos al cielo; lo único que hacía era golpearse el pecho diciendo: 'Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador'.

Pues bien, yo les aseguro que éste bajó a su casa justificado y aquél no; porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Comentario

Este pasaje nos presenta una poderosa enseñanza sobre la humildad y la verdadera justicia ante Dios. Jesús contrasta dos figuras: el fariseo, que se jacta de sus obras y desprecia a los demás, y el publicano, que reconoce su pecado y clama por misericordia.

“No todo el que se cree justo lo es, y no todo el que se siente indigno está lejos de Dios.” El publicano, por su humildad, “bajó a su casa justificado”, mientras que el fariseo, por su soberbia, no.

Revisemos nuestras actitudes: ¿oramos para exaltarnos o para abrir el corazón a Dios? La verdadera oración nace del reconocimiento de nuestra necesidad y del deseo sincero de conversión.

 

jueves, 12 de marzo de 2026

¿POR QUÉ CREEMOS EN UN SOLO DIOS?

 


Creemos en un solo Dios porque según el testimonio de la Sagrada Escritura sólo hay un Dios y porque, según las leyes de la lógica, tampoco puede haber más que uno.

Si hubiera dos dioses, uno sería el límite del otro; ninguno de los dos sería infinito, ninguno sería perfecto; de modo que ninguno de los dos sería Dios. La experiencia fundamental de Dios que tiene el pueblo de Israel es: «Escucha, Israel: el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo» (Dt 6,4). Una y otra vez los profetas exhortan a abandonar los falsos dioses y a convertirse al único Dios: «Yo soy un Dios justo y salvador, y no hay ninguno más» (Is 45,22).

 

Evangelio del 13 de marzo 2026 Marcos 12, 28-34

 


En aquel tiempo, uno de los escribas se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?» Jesús le respondió: «El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor; amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento mayor que éstos».

El escriba replicó: «Muy bien, Maestro. Tienes razón, cuando dices que el Señor es único y que no hay otro fuera de él, y amarlo con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo, vale más que todos los holocaustos y sacrificios».

Jesús, viendo que había hablado muy sensatamente, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y ya nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Comentario

Este pasaje muestra que toda la ley se resume en el amor. No se trata solo de cumplir normas externas, sino de vivir una relación profunda con Dios que se refleje en el trato hacia los demás. Cuando una persona ama verdaderamente a Dios, ese amor se manifiesta en respeto, compasión y servicio al prójimo.

Jesús termina reconociendo que el escriba ha entendido bien, que comprender y vivir el amor es acercarse al Reino de Dios.

RAíCES DE NUESTRA FE Los Credos de la Iglesia


 



El Credo de Atanasio 2.

Este Credo es uno de los símbolos de la fe aprobados por nuestra Iglesia. Es una clara exposición de las doctrinas de la Trinidad y de la Encarnación, con una referencia a varios otros dogmas: «Así el Padre es Dios, el Hijo es Dios, y el Espíritu Santo es Dios. Y, sin embargo, no son tres dioses, sino un solo Dios. Así también el Padre es el Señor, el Hijo es el Señor, y el Espíritu Santo es el Señor. Y, sin embargo, no son tres Señores, sino un solo Señor. Pues, así como la cristiana verdad nos compele a reconocer que cada Persona por sí misma es Dios y Señor, asimismo la religión católica nos prohíbe decir que hay tres dioses y tres señores. El Padre no fue hecho por nadie, ni creado, ni engendrado. El Hijo es solo del Padre, no hecho, ni creado, sino engendrado. El Espíritu Santo es del Padre y del Hijo, no fue hecho, ni creado, sino que procede de Ellos. Por lo tanto, hay un solo Padre, no tres Padres; un Hijo, no tres Hijos; un Espíritu Santo, no tres Espíritus Santos. Y en esta Trinidad ninguno va antes o después del otro, ninguno es mayor o menor que el otro, sino que las tres Personas son entre sí coeternas e iguales; de modo, que, como se dijo antes, se debe adorarla Unidad en Trinidad y la Trinidad en Unidad. El que quiera, pues, salvarse, debe pensar así sobre la Trinidad». Este Credo lleva el nombre de San Atanasio de Alejandría (296-375), pero la historicidad de su autoría es dudosa. Se piensa que el texto es del siglo VII. El credo Atanasiano establece la necesidad de creer en la fe católica para la salvación. El Credo cierra con las palabras: «Ésta es la fe católica y el que no la creyere fiel y firmemente, no podrá salvarse».