viernes, 2 de octubre de 2026

Evangelio del 3 de octubre 2026 Lucas 10, 17-24

 



En aquel tiempo, los setenta y dos discípulos regresaron llenos de alegría y le dijeron a Jesús: "Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre".

 Él les contestó: "Vi a Satanás caer del cielo como el rayo. A ustedes les he dado poder para aplastar serpientes y escorpiones y para vencer toda la fuerza del enemigo, y nada les podrá hacer daño. Pero no se alegren de que los demonios se les sometan. Alégrense más bien de que sus nombres están escritos en el cielo".

 En aquella misma hora, Jesús se llenó de júbilo en el Espíritu Santo y exclamó: "¡Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla! ¡Gracias, Padre, porque así te ha parecido bien! Todo me lo ha entregado mi Padre y nadie conoce quién es el Hijo, sino el Padre; ni quién es el Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar".

 Volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: "Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven. Porque yo les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron".

 

Reflexión

 

El texto nos invita a reflexionar sobre el verdadero motivo de nuestra alegría y nuestra relación con Dios.

Jesús nos enseña que el mayor motivo de alegría no radica en los logros, el poder o los éxitos aparentes (como someter dificultades), sino en saber que somos amados por Dios y que "nuestros nombres están escritos en el cielo".  

Jesús se llena de júbilo porque las verdades profundas de Dios no se miden por la sabiduría humana o el orgullo intelectual, sino que se revelan a la gente sencilla y de corazón humilde.  

 Vivir en la gracia y conocer el mensaje de amor de Jesús es un don extraordinario que muchos profetas y reyes desearon contemplar y que hoy se nos regala directamente a nosotros.  

jueves, 1 de octubre de 2026

Evangelio del 2 de octubre 2026 Mateo 18, 1-5. 10

 



 

En cierta ocasión, los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: "¿Quién es más grande en el Reino de los cielos?" 

Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y les dijo: "Yo les aseguro a ustedes que si no cambian y no se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los cielos. Así pues, quien se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el Reino de los cielos. Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, me recibe a mí.

Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, pues yo les digo que sus ángeles, en el cielo, ven continuamente el rostro de mi Padre, que está en el cielo.

Reflexión

Este pasaje nos invita a transformar nuestra mirada sobre el éxito y el poder. Mientras los discípulos buscaban saber quién era el "más grande", Jesús cambia radicalmente los parámetros al poner a un niño en el centro.

Para Jesús, el valor en el Reino de los cielos no se mide por el estatus, el poder o los logros personales, sino por la sencillez de corazón y la humildad de reconocer nuestra vulnerabilidad.

Hacerse como niños implica despojarnos de la soberbia y de la autosuficiencia, confiando plenamente en Dios con la misma apertura y pureza con la que lo hace un niño.

Jesús nos advierte sobre el peligro de despreciar a los más pequeños o marginados, recordándonos que acogerlos y valorarlos equivale a recibir al mismísimo Cristo.