En aquel tiempo, un fariseo invitó a Jesús a comer. Jesús fue a la casa del fariseo y se sentó a la mesa. El fariseo se extrañó de que Jesús no hubiera cumplido con la ceremonia de lavarse las manos antes de comer.
Pero el Señor le dijo: "Ustedes, los fariseos, limpian el exterior del vaso y del plato; en cambio el interior de ustedes está lleno de robos y maldad. ¡Insensatos! ¿Acaso el que hizo lo exterior no hizo también lo interior? Den más bien limosna de lo que tienen y todo lo de ustedes quedará limpio".
Reflexión: La verdadera limpieza nace del corazón
En este Evangelio, Jesús nos invita a mirar más allá de las
apariencias y a reconocer que la verdadera pureza no consiste solamente en
cumplir ritos o cuidar nuestra imagen exterior, sino en vivir con un corazón
limpio, lleno de amor, justicia y misericordia.
Podemos aparentar bondad ante los demás, participar en
celebraciones religiosas y cumplir ciertas prácticas de fe; sin embargo, si
nuestro corazón está dominado por el egoísmo, la envidia, la injusticia o la
indiferencia ante las necesidades de nuestros hermanos, nuestra fe pierde su
verdadero sentido.
Jesús nos recuerda que Dios mira tanto nuestras acciones
como las intenciones más profundas de nuestro corazón. Por eso, nos llama a
convertirnos sinceramente, compartiendo nuestros bienes, ayudando a los
necesitados y practicando la caridad con generosidad.

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