Un día en que Jesús, acompañado de sus discípulos, había ido a un lugar solitario para orar, les preguntó: "¿Quién dice la gente que soy yo?" Ellos contestaron: "Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que alguno de los antiguos profetas, que ha resucitado".
Él les dijo: "Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?" Respondió Pedro: "El Mesías de Dios". Entonces Jesús les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie.
Después les dijo: "Es necesario que el Hijo del hombre
sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los
escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día".
Reflexión
El texto nos transporta a un momento íntimo y decisivo entre
Jesús y sus discípulos en un lugar solitario. A partir de este pasaje, podemos
extraer valiosas enseñanzas para nuestra vida diaria y nuestra propia fe:
La pregunta fundamental: Jesús no se conforma con lo que la
opinión pública dice de Él ("unos dicen que eres Juan el Bautista; otros,
que Elías..."). Nos confronta a cada uno con una pregunta directa y
personal: "Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?".
No basta con repetir lo que otros creen; exige una
convicción propia. La respuesta de la
fe: Pedro responde reconociéndole como "El Mesías de Dios". Este acto
de fe marca un punto de inflexión, aunque, como muestra el relato, comprender
el verdadero significado de este título requiere ir más allá de las
expectativas humanas de poder o triunfo terrenal.
El sentido del sufrimiento y la esperanza: Jesús redefine
inmediatamente su misión al hablar abiertamente de su sufrimiento, rechazo,
muerte y su posterior resurrección al tercer día. Esto nos recuerda que el
camino del seguimiento no está exento de dificultades, pero siempre está
anclado en la promesa de la renovación y la vida.

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