La fe no se mide por palabras o rituales, sino por gestos
concretos de amor y justicia. En cada acto de cuidado, en cada decisión que
protege la vida, se hace presente el Dios que habló a Elías en el silencio y
que renovó a Pedro junto al fuego del amanecer.
Dos personajes bíblicos, Elías y Pedro, tan distantes en el tiempo,
comparten experiencias profundamente humanas: entusiasmo, miedo, cansancio y
renovación. También hoy atravesamos crisis que ponen a prueba nuestra fe. La
creación herida por la explotación y las situaciones de sufrimiento colectivo
nos interpelan. Escuchar a Dios en medio de este clamor implica asumir una
responsabilidad concreta. No podemos permanecer indiferentes. La fe auténtica
se traduce en compromiso con la vida, con la justicia y con el cuidado de
nuestro mundo.

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