San Cirilo de Jerusalén denuncia la idolatría como una profunda ceguera
espiritual. Aunque Dios es infinito, bueno y digno de toda alabanza, el ser
humano ha sustituido al Creador por criaturas y objetos materiales, llegando a
adorar piedras, árboles, animales, plantas y falsas divinidades. Esta actitud
representa una degradación de la dignidad humana, pues se rinde culto a aquello
que ha sido creado en lugar de reconocer y adorar al único Dios verdadero.
El autor recuerda que todos los bienes de la creación —el fuego, el
vino, el trigo y cuanto sostiene la vida— son dones de Dios, no divinidades.
Por ello, invita a abandonar toda forma de idolatría y a dirigir el corazón
únicamente hacia el Señor, fuente y origen de toda la creación, reconociendo
que solo Él merece la adoración y la gloria.
Cfr. San Cirilo de Jerusalén. Catequesis 6, 10

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