En aquel tiempo, Jesús propuso esta otra parábola a la muchedumbre:
"El Reino de los cielos es semejante a la semilla de mostaza que un hombre
siembra en su huerto. Ciertamente es la más pequeña de todas las semillas, pero
cuando crece, llega a ser más grande que las hortalizas y se convierte en un
arbusto, de manera que los pájaros vienen y hacen su nido en las ramas".
Les dijo también otra parábola: "El Reino de los cielos se parece a un poco de levadura que tomó una mujer y la mezcló con tres medidas de harina, y toda la masa acabó por fermentar".
Jesús decía a la muchedumbre todas estas cosas con parábolas, y sin
parábolas nada les decía, para que se cumpliera lo que dijo el profeta: Abriré
mi boca y les hablaré con parábolas; anunciaré lo que estaba oculto desde la
creación del mundo.
Reflexión
Las parábolas de la semilla de mostaza y de la levadura, nos invitan a
contemplar cómo obran los grandes cambios en la vida y en el mundo: casi
siempre desde lo imperceptible.
El poder de lo pequeño: Tanto una diminuta semilla como una pizca de
levadura comienzan pasando desapercibidas, sin hacer ruido ni llamar la
atención. Sin embargo, contienen una fuerza vital y transformadora capaz de
expandirse hasta convertirse en refugio para otros o de impregnar toda la masa.
La paciencia en los procesos: Nos recuerda que los frutos profundos no
se consiguen de la noche a la mañana. Exigen tiempo, constancia y un
crecimiento silencioso, donde cada pequeño acto cotidiano actúa como esa
levadura que va transformando la realidad desde adentro.
¿Qué pequeño propósito o acción silenciosa te gustaría sembrar hoy en
tu entorno para ver florecer con el tiempo?

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