jueves, 8 de octubre de 2026

Evangelio del 9 de octubre 2026 Lucas 11, 15-26

 





En aquel tiempo, cuando Jesús expulsó a un demonio, algunos dijeron: "Este expulsa a los demonios con el poder de Satanás, el príncipe de los demonios". Otros, para ponerlo a prueba, le pedían una señal milagrosa.

Pero Jesús, que conocía sus malas intenciones, les dijo: "Todo reino dividido por luchas internas va a la ruina y se derrumba casa por casa. Si Satanás también está dividido contra sí mismo, ¿cómo mantendrá su reino? Ustedes dicen que yo arrojo a los demonios con el poder de Satanás. Entonces, ¿con el poder de quién los arrojan los hijos de ustedes? Por eso, ellos mismos serán sus jueces. Pero si yo arrojo a los demonios por el poder de Dios, eso significa que ha llegado a ustedes el Reino de Dios.

Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros; pero si otro más fuerte lo asalta y lo vence, entonces le quita las armas en que confiaba y después dispone de sus bienes. El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.

Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, anda vagando por lugares áridos, en busca de reposo, y al no hallarlo, dice: 'Volveré a mi casa, de donde salí'. Y al llegar, la encuentra barrida y arreglada. Entonces va por otros siete espíritus peores que él y vienen a instalarse allí, y así la situación final de aquel hombre resulta peor que la de antes".

Reflexión

El pasaje de este Evangelio nos presenta una escena muy humana y, al mismo tiempo, profundamente espiritual. Jesús realiza un signo de liberación extraordinaria, pero la reacción de quienes lo observan está dividida por la desconfianza: unos lo acusan de actuar con el poder del mal, mientras otros exigen pruebas espectaculares.  

Jesús señala que un reino dividido contra sí mismo va a la ruina. A nivel personal, muchas veces experimentamos esta división: queremos avanzar hacia el bien, pero al mismo tiempo albergamos dudas, rencores o miedos. La paz verdadera solo llega cuando integramos nuestra vida y dejamos que un solo principio nos gobierne: el amor y la gracia de Dios.

La imagen del hombre fuerte que custodia su palacio nos habla de cómo el mal o las malas costumbres intentan aferrarse a nuestra vida. Sin embargo, Jesús se presenta como el "más fuerte" que viene a liberarnos. No se trata solo de alejar lo negativo, sino de permitir que Él ocupe ese espacio.

La parábola final nos advierte sobre el riesgo de limpiar nuestra vida de vicios o actitudes negativas (barrer la casa), pero dejarla vacía, sin un propósito superior ni valores sólidos. Si no llenamos nuestro corazón de obras buenas, de oración y de servicio a los demás, el vacío se vuelve vulnerable y el desorden puede regresar con más fuerza.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario