San Cirilo de Jerusalén enseña que la naturaleza divina es
incomprensible para el ojo humano, pero puede intuirse por analogía a través de
la grandeza y hermosura de la creación. Cuanto más contempla el hombre las
obras visibles, más se eleva su corazón y alcanza una representación mayor de
Dios.
Sin embargo, incluso las visiones proféticas —como la descripción de
los querubines en Ezequiel— muestran los límites de nuestra comprensión: si no
podemos abarcar el trono, mucho menos al que se sienta en él. Dios es invisible
e inefable, y aunque su esencia permanece inaccesible, es posible alabarlo y
reconocer su poder mediante las maravillas creadas.
Cfr. San Cirilo de Jerusalén. Catequesis 9, 2.3

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