La misericordia es fuente de verdadera dicha y no admite demora. La Escritura proclama bienaventurados a quienes sirven a Cristo en los pobres, cuidan del desvalido y comparten con alegría lo que tienen. Las obras de caridad deben realizarse con prontitud y jovialidad, pues solo así reflejan nobleza y multiplican la gracia.
Liberar a los oprimidos, aliviar sufrimientos y acompañar al prójimo
abre paso a un premio admirable: la luz que rompe como aurora y la justicia que
guía el camino. La misericordia vivida con alegría se convierte en bendición y
en justicia resplandeciente.
Cfr. San Gregorio Nacianceno [329 390]. Sermón 14, 38.40

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