En aquel tiempo, mirando Jesús a sus discípulos, les dijo:
"Dichosos ustedes los pobres, porque de ustedes es el Reino de
Dios.
Dichosos ustedes los que ahora tienen hambre, porque serán saciados.
Dichosos ustedes los que lloran ahora, porque al fin reirán.
Dichosos serán ustedes cuando los hombres los aborrezcan y los expulsen
de entre ellos, y cuando los insulten y maldigan por causa del Hijo del hombre.
Alégrense ese día y salten de gozo, porque su recompensa será grande en el
cielo. Pues así trataron sus padres a los profetas.
Pero ¡ay de ustedes, los ricos, porque ya tienen ahora su consuelo!
¡Ay de ustedes, los que se hartan ahora, porque después tendrán hambre!
¡Ay de ustedes, los que ríen ahora, porque llorarán de pena!
¡Ay de ustedes, cuando todo el mundo los alabe, porque de ese modo
trataron sus padres a los falsos profetas!"
Reflexión
Jesús nos invita a mirar la vida con los ojos de Dios. Las
bienaventuranzas nos recuerdan que la verdadera felicidad no depende de las
riquezas, del poder ni del reconocimiento de los demás, sino de confiar en Dios
y vivir con un corazón abierto a los necesitados.
Los “ayes” son una llamada de atención: cuando la comodidad, el dinero
o la búsqueda de aprobación se convierten en nuestro único objetivo, podemos
olvidar a Dios y a quienes sufren. Jesús nos propone una vida basada en la
solidaridad, la justicia, la sencillez y la esperanza.
Hoy, en medio de tantas desigualdades, este Evangelio nos pregunta: ¿de
qué lado estamos?, ¿del lado de quienes acumulan para sí o del lado de quienes
comparten y construyen un mundo más humano? El Reino de Dios comienza cuando
hacemos de la compasión y del amor una forma concreta de vivir.

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