Debemos vivir una fe encarnada en la humildad: una fe que no busca
imponerse desde el orgullo, sino proponerse desde el amor, la fraternidad y la
búsqueda constante del bien común.
La fe cristiana se fundamenta en la igualdad radical de todos los
bautizados, sin jerarquías de valor ni complejos de superioridad espiritual.
Aunque existan diferentes funciones, todos formamos un mismo cuerpo llamado a
buscar el bien común y la unidad. La verdadera identidad católica exige una
apertura universal y rechaza el encierro grupal o la polarización, promoviendo
una ciudadanía constructiva. Por ello, el seguimiento del Evangelio es
incompatible con el desprecio hacia quienes piensan distinto, exigiendo siempre
la defensa de la dignidad humana y el respeto en la expresión de las propias
creencias.

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