Un vínculo de reciprocidad y transformación: La relación con Dios va más allá de nuestro culto hacia Él, ya que Dios también actúa como un agricultor que cultiva nuestro interior para hacernos mejores y más felices.
La labor del agricultor divino: Mediante su palabra, Dios ara y abre nuestro corazón, erradica la mala semilla y planta preceptos para cosechar la piedad.
El propósito del fruto espiritual: Aunque Dios no se
enriquece con nuestros frutos, aceptarlos y cultivarlos nos beneficia
directamente a nosotros, cumpliendo la imagen evangélica de ser sus sarmientos.
Cfr. (San Agustín
[354-430]. Sermón 87).

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