miércoles, 19 de agosto de 2026

La eterna relación entre el Padre y el Hijo.

 


 

El misterio de Dios como Padre nos recuerda que su identidad está inseparablemente unida al Hijo. No hablamos de un Dios solitario, sino de un Padre que desde la eternidad engendra y comunica todo a su Hijo Jesucristo. Esta relación de amor y obediencia entre el Padre y el Hijo es el corazón de nuestra fe.

En la vida comunitaria, esta enseñanza nos invita a reconocer que la Iglesia no nace de estructuras humanas, sino de una relación viva de amor que se comparte. Así como el Padre entrega todo al Hijo y el Hijo honra al Padre, también nosotros estamos llamados a vivir en comunión, compartiendo dones y responsabilidades, honrándonos unos a otros en el servicio.

La paternidad eterna de Dios nos recuerda que nuestra fe no se sostiene en el tiempo ni en las circunstancias, sino en un amor que precede a todo. En la comunidad, esto se traduce en confianza: Dios nunca nos deja huérfanos, siempre nos sostiene como Padre perfecto que engendra vida y nos invita a permanecer en su amor.

 

Cfr. San Cirilo de Jerusalén. Catequesis 7,4-5

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