El misterio de Dios como Padre nos recuerda que su identidad está
inseparablemente unida al Hijo. No hablamos de un Dios solitario, sino de un
Padre que desde la eternidad engendra y comunica todo a su Hijo Jesucristo.
Esta relación de amor y obediencia entre el Padre y el Hijo es el corazón de
nuestra fe.
En la vida comunitaria, esta enseñanza nos invita a reconocer que la
Iglesia no nace de estructuras humanas, sino de una relación viva de amor que
se comparte. Así como el Padre entrega todo al Hijo y el Hijo honra al Padre,
también nosotros estamos llamados a vivir en comunión, compartiendo dones y
responsabilidades, honrándonos unos a otros en el servicio.
La paternidad eterna de Dios nos recuerda que nuestra fe no se sostiene
en el tiempo ni en las circunstancias, sino en un amor que precede a todo. En
la comunidad, esto se traduce en confianza: Dios nunca nos deja huérfanos,
siempre nos sostiene como Padre perfecto que engendra vida y nos invita a
permanecer en su amor.
Cfr. San Cirilo de Jerusalén. Catequesis 7,4-5

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