En aquel tiempo, al llegar Jesús a donde estaba la multitud, se le
acercó un hombre, que se puso de rodillas y le dijo: "Señor, ten compasión
de mi hijo. Le dan ataques terribles. Unas veces se cae en la lumbre y otras
muchas, en el agua. Se lo traje a tus discípulos, pero no han podido
curarlo".
Entonces Jesús exclamó: "¿Hasta cuándo estaré con esta gente
incrédula y perversa? ¿Hasta cuándo tendré que aguantarla? Tráiganme aquí al
muchacho". Jesús ordenó al demonio que saliera del muchacho, y desde ese
momento éste quedó sano.
Después, al quedarse solos con Jesús, los discípulos le preguntaron:
"¿Por qué nosotros no pudimos echar fuera a ese demonio?" Les
respondió Jesús: "Porque les falta fe. Pues yo les aseguro que si ustedes
tuvieran fe, al menos del tamaño de una semilla de mostaza, podrían decirle a
ese monte: «Trasládate de aquí para allá», y el monte se trasladaría. Entonces
nada sería imposible para ustedes".
Reflexión
Esta lectura nos ofrece una perspectiva muy valiosa sobre la paciencia,
tanto en el ámbito comunitario como en el personal:
La comprensión ante el proceso de aprendizaje: La exclamación de Jesús
ante la multitud y sus discípulos muestra el desgaste de quien enseña frente a
la lentitud del ser humano para asimilar la confianza plena, recordándonos que
el crecimiento interior es un camino largo y lleno de tropiezos.
El examen de nuestras propias limitaciones: Cuando los discípulos
preguntan por qué no pudieron lograrlo, revelan una actitud honesta de
autocrítica que nos invita a revisar nuestras propias fallas en lugar de culpar
únicamente a las circunstancias externas.
El poder transformador de lo pequeño: Al hablar de la semilla de
mostaza, la enseñanza trasciende lo religioso para convertirse en una metáfora
universal: los grandes cambios en la vida no nacen de actos titánicos
repentinos, sino de convicciones diminutas pero perseverantes que logran mover
los "montes" de nuestros miedos y parálisis cotidianas.

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