miércoles, 19 de agosto de 2026

Evangelio del 20 de agosto 2026 Mateo 22, 1-14

 



En aquel tiempo, volvió Jesús a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: "El Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo. Mandó a sus criados que llamaran a los invitados, pero éstos no quisieron ir.

Envió de nuevo a otros criados que les dijeran: 'Tengo preparado el banquete; he hecho matar mis terneras y los otros animales gordos; todo está listo. Vengan a la boda'. Pero los invitados no hicieron caso. Uno se fue a su campo, otro a su negocio y los demás se les echaron encima a los criados, los insultaron y los mataron.

Entonces el rey se llenó de cólera y mandó sus tropas, que dieron muerte a aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.

Luego les dijo a sus criados: 'La boda está preparada; pero los que habían sido invitados no fueron dignos. Salgan, pues, a los cruces de los caminos y conviden al banquete de bodas a todos los que encuentren'. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala del banquete se llenó de convidados.

Cuando el rey entró a saludar a los convidados, vio entre ellos a un hombre que no iba vestido con traje de fiesta y le preguntó: 'Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?' Aquel hombre se quedó callado. Entonces el rey dijo a los criados: 'Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación'. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos".

 

Reflexión

 

La invitación abierta y la exigencia del corazón

Los primeros invitados del rey representan la cerrazón del ser humano ante las llamadas de Dios, priorizando las distracciones materiales —el campo o los negocios— por encima del encuentro y la comunión espiritual.

Ante la negativa de los elegidos, la puerta del banquete se abre sin excepciones a todos en los cruces de los caminos: "malos y buenos", simbolizando que la misericordia divina no discrimina y busca integrar a los marginados y distanciados.

La figura del hombre sin traje nupcial invita a reflexionar sobre la actitud con la que respondemos a esta gracia. No basta con ocupar un lugar en la mesa; se requiere una transformación interior, un cambio de vida genuino y una disposición sincera para vivir de acuerdo con los valores del Reino.

 

Esta parábola nos recuerda que todos estamos convocados a la mesa de Dios, pero el llamado exige una respuesta activa, conversión del corazón y la dignidad de vivir en sintonía con el amor al que hemos sido invitados.

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