En aquel tiempo, Jesús estaba hablando a la muchedumbre, cuando su
madre y sus parientes se acercaron y trataban de hablar con él. Alguien le dijo
entonces a Jesús: "Oye, ahí fuera están tu madre y tus hermanos, y quieren
hablar contigo".
Pero él respondió al que se lo decía: "¿Quién es mi madre y
quiénes son mis hermanos?" Y señalando con la mano a sus discípulos, dijo:
"Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumple la voluntad de
mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi
madre".
Reflexión
Este pasaje nos recuerda que la verdadera familia de Jesús no se define
por los lazos de sangre, sino por la comunión con Dios. Cuando Jesús afirma que
quien cumple la voluntad del Padre es su hermano, su hermana y su madre, no
está rechazando a María ni a sus familiares; al contrario, está mostrando que
María ocupa el primer lugar precisamente porque escuchó la Palabra de Dios y la
llevó a la práctica.
También nosotros estamos llamados a formar parte de esa gran familia
espiritual. Cada vez que vivimos el Evangelio con amor, perdonamos, servimos a
los demás y buscamos hacer la voluntad de Dios, nos acercamos más a Cristo y
fortalecemos los vínculos de fraternidad con quienes nos rodean.
En un mundo donde con frecuencia predominan el individualismo, las
divisiones y los intereses personales, este Evangelio nos invita a construir
comunidades donde reine el amor, la acogida y la solidaridad. Ser discípulos de
Jesús significa reconocer en cada persona a un hermano o una hermana, y vivir
de tal manera que nuestra vida refleje el amor del Padre.

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