«Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna» (1 Jn 1,5). Su palabra es verdad
(Prov 8,7; 2 Sam 7,28), y su ley es verdad (Sal 119,142). Jesús mismo garantiza
la verdad de Dios, cuando declara ante Pilato: «Yo para esto he nacido y para
esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37).
No se puede someter a Dios a un procedimiento probatorio, porque la ciencia
no puede convertirlo en un objeto verificable. Sin embargo, Dios mismo se
somete a un procedimiento probatorio algo especial. Sabemos que Dios es la
verdad por la absoluta credibilidad de Jesús. Él es «el Camino, la Verdad y la
Vida». Esto lo puede descubrir toda persona que se comprometa con él. Si Dios
no fuera «verdadero», la fe y la razón no podrían entablar un diálogo
recíproco. Pero ellas pueden entenderse, porque Dios es la verdad y la Verdad
es divina.

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