En aquel tiempo, Jesús se puso a reprender a las ciudades que
habían visto sus numerosos milagros, por no haberse arrepentido. Les decía:
"¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en
Tiro y en Sidón se hubieran realizado los milagros que se han hecho en ustedes,
hace tiempo que hubieran hecho penitencia, cubiertas de sayal y de ceniza. Pero
yo les aseguro que el día del juicio será menos riguroso para Tiro y Sidón, que
para ustedes.
Y tú, Cafarnaúm, ¿crees que serás encumbrada hasta el cielo?
No. Serás precipitada en el abismo, porque si en Sodoma se hubieran realizado
los milagros que en ti se han hecho, quizá estaría en pie hasta el día de hoy.
Pero yo te digo que será menos riguroso el día del juicio para Sodoma que para
ti".
Reflexión
Este pasaje es uno de los más duros del Evangelio porque
muestra a Jesús no como el maestro sereno, sino como el profeta que denuncia la
indiferencia. Las ciudades que recibieron milagros y no se convirtieron
representan la resistencia del corazón humano: ver la luz y seguir en la
oscuridad.
La indiferencia es más grave que el pecado evidente. Porque
quien peca puede reconocer su error, pero quien se acostumbra a la gracia sin
responder se vuelve insensible.
El juicio no es venganza, sino consecuencia. Cuando ignoramos
la verdad, la ruina nace desde dentro.
El llamado es urgente. No basta admirar los signos de Dios;
hay que dejar que transformen la vida en justicia, misericordia y compromiso.
Jesús nos recuerda que la fe no es espectáculo ni emoción
pasajera: es conversión real. El “¡Ay de ti!” es un grito de amor que busca
despertar antes de que sea demasiado tarde.

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