martes, 14 de abril de 2026

Evangelio del 15 de abril 2026 Juan 3, 16-21

 



"Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salvara por él. El que crea en él no será condenado; pero el que no cree ya está condenado por no haber creído en el Hijo único de Dios.

La causa de la condenación es ésta: habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran. En cambio, el que obra el bien conforme a la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios".

Comentario

“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna.”

Este versículo resume la lógica del amor divino: Dios no actúa desde la condena, sino desde la entrega. El envío del Hijo no es un gesto de juicio, sino de salvación. La fe, entonces, no se reduce a aceptar una doctrina, sino a abrirse a la luz que transforma la existencia.

Jesús es la luz que ha venido al mundo, pero cada persona decide si se acerca a ella o se refugia en las sombras. La “condena” no proviene de Dios, sino del rechazo voluntario a la verdad y al amor. En otras palabras, el juicio se realiza en el presente, en la actitud ante la luz.

Este texto invita a mirar la fe como una respuesta libre y amorosa: creer no es temer el castigo, sino aceptar el don de la vida eterna que comienza ya, en la comunión con Dios y en la práctica del bien.

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