Algún estudioso de la
cultura contemporánea afirma que la principal preocupación de los seres humanos
actuales es pasarla bien. Con tal de gozar y disfrutar el momento presente,
termina exigiéndose que todo sea divertido y atrayente. Se desliza como único
valor, la ley del menor esfuerzo. Esta vida ligera pisotea los valores éticos
universales y pasa por encima de la dignidad humana. El sentido de las normas
éticas del Decálogo o de los consejos y preceptos evangélicos no es
manipularnos ni convertirnos en seres dependientes o sumisos, como no pocos
críticos de la religión han señalado. Es otra intención muy distinta: animarnos
a respetar la dignidad y la enorme valía de todas las personas. Nadie tiene
facultades ni permisos para disfrutar la vida, si para eso, tiene que convertir
a los demás en un medio para alcanzar sus propios fines. Dios, como dice el
Eclesiástico, "creó al hombre y lo entregó en poder de su albedrío".

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