En un mundo que nos invita constantemente a vivir para el
"yo" y el disfrute pasajero, los cristianos estamos llamados a una
reflexión más profunda sobre nuestra misión en el presente. El hedonismo y la
ley del menor esfuerzo no solo debilitan el carácter, sino que nos alejan del
prójimo y del plan de amor que el Creador tiene para nosotros.
Recordemos que los mandamientos y los consejos evangélicos no son
cadenas, sino sendas de auténtica libertad. Al reflexionar sobre nuestra
dignidad y el uso de nuestro libre albedrío, descubrimos que:
El bienestar no es el fin supremo: La alegría cristiana es más profunda
que la simple diversión.
La dignidad es sagrada: Ningún deseo personal justifica usar al hermano
como un objeto.
Somos administradores de nuestra libertad: Dios nos ha confiado nuestra
propia voluntad para construir Su Reino, no para aislarnos en el egoísmo.

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