Carta de san Cirilo de Alejandría a los monjes de Egipto. Esta Carta
fue enviada antes del Concilio de Éfeso, con la finalidad de poner a los monjes
en aviso contra la herejía de Nestorio que negaba que María fuera reconocida
como la «Theotokos» (Madre de Dios). «Me asombra que haya gente que se haga
esta pregunta: ¿debe o no debe llamarse a la Virgen María Madre de Dios? Pues
si Nuestro Señor Jesucristo es Dios, ¿cómo la Virgen, que lo ha puesto en el
mundo, no va a ser Madre de Dios? Ésta es la creencia que nos han transmitido
los Santos Apóstoles, aunque no se sirvieron de este término. Esta es la
enseñanza que hemos recibido de los Santos Padres. Y muy panicularmente de
nuestro Padre de venerable memoria, Atanasio, que durante cuarenta y seis años
iluminó la sede de Alejandría, y opuso a las invenciones de los heréticos
impíos una sabiduría invencible y digna de los Apóstoles. Atanasio, que ha
invadido con el perfume de sus escritos el universo entero, y a quien todos
rinden testimonio por su ortodoxia y por su piedad; Atanasio, en el tercer
libro del tratado que compuso sobre la Trinidad santa y consustancial, llama
varias veces a la Virgen María Madre de Dios. Voy a citar textualmente sus
palabras: "La Sagrada Escritura -lo hemos hecho notar muy a menudo- se
caracteriza principalmente por esto: porque rinde a la persona del Salvador un
doble testimonia Por una parte, Él es el Dios eterno, el Hijo, el Verbo, el
resplandor y la sabiduría del Padre; por otra, en estos últimos tiempos y para
nuestra salvación, se encarnó de la Virgen María, Madre de Dios, y se hizo
hombre! Yun poco más adelante dice Atanasio: "Juan, estando todavía en las
entrañas de su madre, se estremeció de gozo con la voz de María, la Madre de
Dios'.' Así habla este hombre considerable, tan digno de inspirar confianza,
pues no habría dicho nunca nada que no fuese conforme con las Sagradas
Escrituras...».

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