En aquel tiempo, cuando Jesús terminó de hablar, los judíos cogieron
piedras para apedrearlo. Jesús les dijo: «He realizado ante ustedes muchas
obras buenas de parte del Padre, ¿por cuál de ellas me quieren apedrear?»
Le contestaron los judíos: «No te queremos apedrear por ninguna obra
buena, sino por blasfemo, porque tú, no siendo más que un hombre, pretendes ser
Dios». Jesús les replicó: «¿No está escrito en su ley: Yo les he dicho: Ustedes
son dioses? Ahora bien, si ahí se llama dioses a quienes fue dirigida la
palabra de Dios (y la Escritura no puede equivocarse), ¿cómo es que a mí, a
quien el Padre consagró y envió al mundo, me llaman blasfemo porque he dicho:
'Soy Hijo de Dios'? Si no hago las obras de mi Padre, no me crean. Pero si las
hago, aunque no me crean a mí, crean a las obras, para que puedan comprender
que el Padre está en mí y yo en el Padre». Trataron entonces de apoderarse de
él, pero se les escapó de las manos.
Luego regresó Jesús al otro lado del Jordán, al lugar donde Juan había
bautizado en un principio y se quedó allí. Muchos acudieron a él y decían:
«Juan no hizo ninguna señal prodigiosa; pero todo lo que Juan decía de éste,
era verdad». Y muchos creyeron en él allí.
Comentario
Jesús es rechazado y amenazado por quienes no aceptan su identidad ni
su mensaje. A pesar de que sus obras manifiestan el poder y la presencia de
Dios, muchos se cierran y reaccionan con violencia.
Este texto pone en evidencia una realidad muy humana: cuando la verdad
incomoda o desafía nuestras ideas, podemos resistirnos a aceptarla. Jesús no
responde con agresividad, sino que invita a reflexionar sobre sus obras: “si no
me creen a mí, crean a las obras”. Es decir, su vida misma es testimonio.
La fe no nace solo de palabras, sino de reconocer la acción de Dios en
la vida y tener un corazón dispuesto a acogerla.

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