«Del agua viva habla el Señor con total evidencia. Había dicho, en
efecto, la mujer. ¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob...? De esta agua
viva no puedes darme, porque no tienes medio para sacarla. ¿Quizá prometes otra
fuente? ¿Puedes ser mejor que nuestro padre, que cavó este pozo y él mismo lo
usó con los suyos? El Señor, pues, nos diga a qué llamó agua viva, Respondió
Jesús y le dijo: Todo el que bebiere de esta agua tendrá de nuevo sed; en
cambio, quien bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el
agua que yo le daré se convertirá en él en fuente que salta para vida eterna.
Con toda claridad ha dicho el Señor: Se convertirá en él en fuente de agua que
salta para vida eterna. Quien bebiere de esta agua no tendrá sed jamás. Es del
todo evidente que prometía agua no visible, sino invisible; es del todo
evidente que hablaba en sentid no carnal, sino espiritual. Sin embargo, la
mujer está aún centrada en la carne. Le complació no tener sed y suponía que
Señor le había prometido esto según la carne. Sí, esto se realizará, pero en la
resurrección de los muertos. Ella lo quería ya, pue en cierta ocasión Dios
había dado a su siervo Elías no padece hambre ni sed durante cuarenta días.
Quien pudo dar esto durante cuarenta días, ¿no pudo darlo siempre? Suspiraba em
pero ella, pues no quería necesitar, no quería trabajar. Se veía forzada a
venir con frecuencia a esa fuente, a cargarse de peso con que suplir la
necesidad y, terminada el agua que había sacado, a regresar de nuevo; ese
trabajo era cotidiano para ella, porque la necesidad se aliviaba, pero no se
extinguía. Complacida, pues, por tal don, ruega que le dé agua viva» (San
Agustín [354-430]. Tratado 15 del Evangelio de Juan).

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