En aquel tiempo, Jesús dijo a la multitud: "Yo soy el pan de la
vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed.
Pero como ya les he dicho: me han visto y no creen. Todo aquel que me da el
Padre viene hacia mí; y al que viene a mí yo no lo echaré fuera, porque he
bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.
Y la voluntad del que me envió es que yo no pierda nada de lo que él me ha dado, sino que lo resucite en el último día. La voluntad de mi Padre consiste en que todo el que vea al Hijo y crea en él, tenga vida eterna y yo lo resucite en el último día".
Comentario
Este pasaje del Evangelio de Juan es uno de los pilares de la
cristología y la espiritualidad cristiana, pues contiene el primer discurso del
"Pan de Vida". Jesús no solo se presenta como alguien que da comida,
sino como el alimento mismo que sacia la sed y el hambre existencial del ser
humano.
Al decir "Yo soy el pan de vida", Jesús establece una
relación directa con el maná del Éxodo. Sin embargo, propone algo superior:
mientras que el pan físico se agota, quien acude a él experimenta una plenitud
que no depende de las circunstancias externas.
La frase "al que venga a mí, no lo echaré fuera" es una de
las promesas más reconfortantes del Nuevo Testamento. No establece condiciones
previas de pureza o perfección; el único requisito es el acto de
"venir" y "creer".
La fe en Jesús no solo ofrece consuelo en el presente, sino una
victoria final sobre la muerte ("y yo lo resucitaré en el último
día"). Es el cierre del ciclo de la salvación: quien cree, se une a Cristo
y comparte su destino glorioso.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario