Edad de Oro de los Padres (siglos IV-V). Los historiadores colocan este
período entre el Concilio de Nicea (año 325) y el Concilio de Calcedonia (año
451). Es el período más breve, años 325-451. Pero es al mismo tiempo la etapa
de mayor esplendor de la literatura patrística. Profundas crisis doctrinales,
como la arriana y la pelagiana, perturbaron la Iglesia en esa época. Los Padres
de estos tiempos, comprometidos en las grandes discusiones, supieron dar una
contribución decisiva a la sistematización de la ciencia teológica y, por lo
tanto, a la pureza de la doctrina. En esta época destacan las figuras de san
Atanasio, san Basilio, san Gregorio Nacianceno, san Juan Crisóstomo,
considerados como los más grandes Padres de la Iglesia Oriental; en la Iglesia
de Occidente el dominio indiscutible lo tienen San Jerónimo, el Doctor de las
Sagradas Escrituras, San Ambrosio, el Doctor de la independencia de la Iglesia,
San Agustín, que no sólo es el Doctor de la Gracia, sino el Doctor universal,
el santo obispo que por varios siglos fue el principal inspirador del
pensamiento cristiano de Occidente. Es la época de esplendor en el desarrollo
de la liturgia, que cristalizará en los diversos ritos que conocemos; es
también la época de las grandes controversias teológicas, que obligan a un
profundo estudio de la Revelación y permiten formular dogmáticamente la fe; en
fin, es la época de un mayor esfuerzo por la total evangelización del mundo
antiguo. La fecha de clausura de este período está caracterizada por una gran
unidad entre los dos pulmones de la Iglesia, Oriente y Occidente.

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