En aquel tiempo, vio Jesús a un publicano, llamado Leví (Mateo),
sentado en su despacho de recaudador de impuestos y le dijo:
"Sígueme". Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió.
Leví ofreció en su casa un gran banquete en honor de Jesús y estaban a
la mesa, con ellos, un gran número de publicanos y otras personas. Los fariseos
y los escribas criticaban por eso a los discípulos, diciéndoles: "¿Por qué
comen y beben con publicanos y pecadores?" Jesús les respondió: "No
son los sanos los que necesitan al médico, sino los enfermos. No he venido a
llamar a los justos, sino a los pecadores para que se conviertan".
Reflexión
“SÍGUEME”.
Leví, considerado pecador y marginado por su oficio, no duda. Deja todo y sigue a Jesús. Este gesto nos habla de la fuerza transformadora de la mirada y la confianza de Cristo. No importa el pasado ni la reputación; lo que importa es la disposición del corazón para responder.
Más adelante, cuando Jesús comparte la mesa con publicanos y pecadores,
los fariseos cuestionan su conducta. Pero Él responde con una enseñanza
profunda: “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a
llamar a los justos, sino a los pecadores a la conversión.”
Esta frase nos recuerda que la misericordia está en el centro del
mensaje cristiano. Jesús no excluye, no señala con desprecio, sino que se
acerca, sana y ofrece una nueva oportunidad.
¿Estamos dispuestos a levantarnos y seguir cuando Dios nos llama?
¿Somos capaces de mirar a los demás con misericordia y no con juicio?
Este relato es un recordatorio de que nadie está fuera del alcance del
amor de Dios y que cada encuentro con Él puede ser el inicio de una vida nueva.

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