«Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí? Estando
tú presente, me es imposible callar, pues yo soy la voz, y precisamente la voz
que grita en el desierto: preparad el camino del Señor. Soy yo el que necesita
que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí? Al nacer, yo hice fecunda la esterilidad
de la madre que me engendró, y, cuando todavía era un niño, procuré el alivio a
la mudez de mi padre, recibiendo de ti, niño, la gracia de hacer milagros. Por
tu parte, nacido de María la Virgen según quisiste y de la manera que tú solo
conociste, no menoscabaste su virginidad, sino que la preservaste y se la
regalaste junto con el apelativo de Madre. Ni la virginidad obstaculizó tu
nacimiento ni el nacimiento lesionó la virginidad, sino que ambas realidades:
nacimiento y virginidad, realidades contradictorias si las hay, firmaron un
pacto, porque para ti, Creador de la naturaleza, esto es fácil y hacedero. Yo
soy solamente hombre, partícipe de la gracia divina; tú, en cambio, eres a la
vez Dios y hombre, pues eres benigno y amas con locura el género humano. Soy yo
el que necesita que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí? Tú que eras al
principio, y estabas junto a Dios y eras Dios mismo; tú que eres el esplendor
de la gloria del Padre; tú que eres la imagen perfecta del Padre perfecto; tú
que eres la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo; tú
que para estar en el mundo viniste donde ya estabas; tú que te hiciste carne
sin convertirte en carne; tú que acampaste entre nosotros y te hiciste visible
a tus siervos en la condición de esclavo; tú que, con tu santo nombre como con
un puente, uniste el cielo y la tierra: ¿tú acudes a mí? ¿Tú, tan grande, a un
hombre como yo?, ¿el Rey al precursor?, ¿el Señor al siervo?» (San Gregorio
Taumaturgo [c, 213 - c. 270]. Homilía 4 (atribuida) en la santa Teofanía).

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