Confesar a Jesucristo, hijo de María, hijo de José como el Hijo de
Dios, ha sido una de las etapas decisivas del surgimiento de la fe cristiana.
Afirmar que, en un israelita, verdadero hombre como nosotros, menos en el
pecado, resplandece la gloria de Dios, significa afirmar que en esa persona
existe algo más que la humanidad frágil y falible. El relato del nacimiento
virginal de Jesús equivale a reconocer su origen divino. Jesús proviene de una
familia de Galilea como bien sabemos, sin embargo, ese conocimiento no agota su
misterio. Jesús ha vivido amándonos tan intensamente, que tal amor rebasa la
estrechez de las capacidades humanas. Un amor tan profundo solo puede ser
divino. Confesarnos creyentes en el Verbo Encarnado nos compromete por lo menos
a revisar la profundidad y la amplitud de nuestro amor por los demás. Quien
participe de la celebración de la Natividad de Jesús está llamado a amar a toda
persona. La encarnación de Jesús nos exige respetar la humanidad de todas las
personas.

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